introspección

11

Pensó que al final todo era ficción. Pensó que su propia realidad importaba nada para otro, ergo, era ficción para otro. Pensó que de nada valía percibir su mundo con precisión, pues, nadie la percibiría como él. Y tenía sentido. No esperaba menos. 

Pensó que la única manera de sobrellevar sus vicisitudes era disfrazando su realidad con ficción. Por eso exageraba cuando describía sus rutinas, y minimizaba sus tragedias. 

Catarsis. 

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10

No tenía nada para escribir. Su cabeza estaba demasiado enfrascada en todos los cambios que esa semana le había presentado. Y no era para menos. Al fin y al cabo, él aún se sentía ignorante en muchos temas. Pensó que le gustaría que al final de su vida se dijera de él que gracias a sentirse ignorante le fue bien en todo lo que se propuso. 

Pero solo lo pensó. Y no escribió nada. 

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9

—Pero si no ¿por qué crees que ha empezado a usar hilo? Una mujer solo se pone esas cosas para alguien. Es porque ya tiene macho o está buscando uno, pues. Entonces que no venga a decir que le da asco, que aj, que cállate, bien que quiere y se hace la estrecha.  

— 

—Si a una hembra le das sajiro al toque te quieren mandonear. Cómo va a saber cuánta plata ganas, no seas huevón, pues. Así siempre te va a estar pidiendo cuentas de todo y te vas a quedar sin nada.  

— 

—Yo solo sé que todo da vueltas y ella tiene hijos. Así que como es ella sus hijos le van a sacar en cara que por qué no ha sido una buena madre y por qué no ha estado con ellos. Mira que dejar al marido. Cómo se le ocurre. 

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8*

Volteabas de un lado al otro de la cama. No podías dormir. Solo podías pensar en lo mal que te había ido ese día. Es fácil buscar las razones de nuestras desgracias, pero es difícil encontrarlas; pues buscar es sólo eso: buscar, pensar, preguntarse dónde se originó todo, en qué momento la vida tomó el rumbo que te trajo hasta este punto. Sí, es fácil buscar. Encontrar, eso es lo difícil; porque por más que te esfuerces en pensar si estuvo bien o no hacer tal cosa, jamás podrás delimitar esa borrosa frontera entre lo bueno y lo malo.

Volteaste al otro lado de la cama. Miraste el clóset. Pensaste que ese clóset era producto de tus manos y, por un instante, una ráfaga de orgullo cruzó por tu mente; pero fue solo un instante. Es que la vida no se resume en si hiciste un clóset o no. Pensaste que la vida debería resumirse en hacer un clóset; si la vida se resumiera en eso tú ya habrías cumplido tu parte de la vida y podrías morir e irte en paz. Pero no; si de algo estabas seguro era de que cuando te enfrentes al Creador no estará entre las preguntas de rigor si habías hecho un clóset o no. Pero debería ¿no? Caramba, en qué cosas piensas cuando no puedes dormir. Pero es que no se puede dormir y lo peor es que tampoco se puede pensar con claridad. Estoy seguro de que a las doce del mediodía jamás pensaría en que mi salvación dependiera de la elaboración de un clóset; y sin embargo mírame, me encuentro a la medianoche pensando en esta tontería del clóset. Pensaste que la vida es doblemente injusta, porque además de los tantísimos problemas que habías tenido que enfrentar en este día, encima, tenías que lidiar con tus facultades mentales venidas a menos por el insomnio y la preocupación. Si tan solo pudiera tener mis facultades mentales en óptimas condiciones en estos momentos, pensaste.

Volteaste al otro lado de la cama. Tu esposa dormía plácidamente. Ella, tu mujer, tuya, tu compañera, no sabía nada de lo que te había pasado. Cuando llegaste a casa hace una horas te preguntó cómo te había ido, y tú le respondiste que bien, pero no le dijiste los pormenores, ni le dijiste que no sabías cómo serían las cosas en el futuro, ni que, probablemente, en unas semanas ella tendría que verte la cara más seguido por casa. No, no le dijiste nada de eso. Cómo le voy a decir eso, qué tienes en la cabeza, para qué voy a preocuparla por cosas que aún no existen, que aún no se dan. No se lo dijiste porque tenías vergüenza, porque lo último que harías es quedar como un fracasado. Pero, hombre, por qué no confiar en tu mujer, eso hace daño, no hay hombre que resista tanta preocupación dentro de su cuerpo, el cuerpo no ha sido diseñado para almacenar preocupaciones, quizá solo un poco, pero no tantas, al menos no en el tuyo. Pero te entiendo más que nunca. Mira cómo duerme; no, no tiene que saber nada. No por ahora al menos.

Volteaste al otro lado de la cama y el clóset seguía ahí, impávido, mudo testigo de tus cavilaciones. Bueno, testigo es un decir, pues el clóset jamás imaginaría lo que estabas pensando; no por ser clóset, sino porque tu hermetismo era como una piedra. Cuál es tu nombre, piedra ¿verdad? Ahora entiendo. Si sigo volteándome y desvolteándome acabaré despertándola, pensaste. Te levantaste.

Tres de la mañana. En cualquier momento sonaría la alarma de la radio. No, falta como una hora aún, me he levantado más temprano de lo habitual. Caminaste hacia el comedor donde te aguardaban las pilas de libros que acostumbrabas leer cada noche, pero no cogiste ninguno. ¿Por qué no cogiste algún libro?, si te hubieras puesto leer tal vez no nos hubiéramos enterado de estas cosas ni te las hubiera recordado. Pero, hombre, no creas que lo hago por atormentarte, no, de ninguna manera. Al contrario, sucedió así e hiciste lo que tenías que hacer. Libros, ni siquiera me dan ganas de leerlos y no por mis facultades mentales venidas a menos, pues ya me despabilé del todo, sino porque no encontraré ahí la solución a mis males. Pero coge uno qué te cuesta; mira, ése que está ahí encima; no encontrarás respuestas pero al menos te distraerá un rato. Vamos, lee. Y ahora bien, amados hermanos míos, percibo que aún estáis meditando en vuestros corazones; y me duele tener que hablaros concerniente a esto. Porque si escuchaseis al Espíritu que enseña al hombre a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino le enseña que no debe orar. Mas he aquí, os digo que debéis orar, y no desmayar; que nada debéis hacer ante el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os consagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sean para el beneficio de vuestras almas.

* Escrito el 30 de abril de 2009.

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6*

Escribir. Escribir solo para no perder la costumbre. Escribir para tratar de dar forma a tanta tontería que pasa por tu cabeza. Escribir como terapia, para desahogarte de tanta cosa que te abruma. Escribir porque es un vicio sano, o por lo menos, mejor que darle al play todo el día. Escribir para superar la ociosidad y alejar así las ideas tontas. Escribir para ocupar tu mente en algo, porque mientras se escribe, quieras o no, hay que pensar. Escribir porque te dicen que escribes bonito, aunque en el fondo sabes que lo que escribes vale mierda.
Al fin y al cabo escribo.

* Escrito el 03 de diciembre de 2014.

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5*

Cincuenta y ocho años no es edad para morirse. No es justo. Aún hay tanto por vivir y uno con tan poca vida. No veré a mis nietos crecer y mi amor se quedará sola en su vejez. No es justo.
—Ya no puedes seguir comiendo tanto, Teno— le increpó su mujer.

* Escrito el 12 de agosto de 2013.

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