introspección

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Tenía diecinueve años cuando conversó por primera y única vez con Demetrio Puicón. Fue poco más de una hora de conversación, pero, con el correr de los años, a menudo se sorprendía recordando dicha reunión, y con cada recuerdo la reunión se dilataba más. Ya con treinta y dos años le parecía que la reunión había sido interminable. Sospechó que hay recuerdos que, por ser tan significativos, cobran más protagonismo del que merecen.

Demetrio Puicón, con esa aura de sabiduría propia de quien ya cruzó los sesenta años, le dijo que era muy chiquillo para saber si la vida era buena o no. Que la vida a uno lo vuelve chueco. Que la vida a uno lo hace pecar. Y que cuando tú, chiquillo, tengas más de sesenta, como yo, ya te habrás olvidado de todas las cosas buenas que predicas. El chiquillo refutó, citó a Jesús, citó principios, trató de usar todas las técnicas que le habían enseñado en el CCM, pero el viejo Demetrio Puicón nunca cedió.

El chiquillo se despidió apesadumbrado. Pensó durante todo el camino de regreso a su cuarto. Sentía que Demetrio Puicón le había echado una maldición gitana. Habían pasado trece años ya de eso.

Trece años y todavía no se había vuelto tan chueco como Demetrio Puicón profetizó.

Sonrió.

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+ Existe otra entrada sobre el mismo evento, pero contada de un modo distinto. Acá el link.

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