sucedió

28*

Patricia despertó un día cualquiera ya bien entrada la mañana. A través de las cortinas no sólo se colaban los primeros rayos de luz que hacían del verano una temporada feliz, sino también el martilleo constante e uniforme que venía desde el taller del patio del primer piso. Para cualquier persona aquel martilleo sería molesto, peor aún si hace las veces de despertador y es el primer sonido de la mañana, pero para Patricia no. Para ella, que había crecido entre virutas y herramientas de carpintero, aquel martilleo traía a su memoria, y con mayor intensidad aún a esa hora de la mañana cuando la mente aún está vacía, la imagen de su padre trabajando constante y silenciosamente sobre la madera, cual artista que esculpe sobre la materia deforme que, tras horas de talento y paciencia, deja vislumbrar una forma que antes solo existía en su mente. Al darse vuelta Patricia se da cuenta que su madre está sentada en el sillón al final de su cama, tejiendo, y, aunque sin sonido perceptible, sí de forma constante e uniforme, probablemente una bufanda porque el verano es corto, y porque su madre siempre piensa en lo que va a venir después del hoy, virtud, la de pensar en el mañana, que se desarrolla con mayor intensidad cuando las mujeres se vuelven madres. La madre, al verse descubierta por la mirada de Patricia, deja escapar una sonrisa pícara pensando, quizás, que debería llamarle la atención por quedarse tanto tiempo en la cama, pero, al final, desistiendo porque las madres quieren ver a sus hijos felices, y porque, además, es verano, por lo tanto, no hay colegio al que se deba ir.

Escuchar el martilleo de su padre entrar por la ventana y ver la sonrisa indulgente de su madre dentro de su habitación le provocarían un torrente de sentimientos que permanecerá para siempre un rincón de su memoria, a la espera de ser cogidos en cualquier momento y revivir, en Patricia, aquellos años perfectos que ya no volverán. Por encima de todos los sentimientos Patricia siempre recordará la seguridad: esa sensación de protección, de que todo está yendo bien, de que no hay nada de qué preocuparse porque de faltar algo sus padres siempre lo solucionarán. Este sentimiento de seguridad, sentimiento predominantemente manifiesto en las mujeres, Patricia lo añorará siempre. Otro sentimiento, y no por ser segundo menos importante, fue el sentirse amada, querida, sentirse una protagonista en la vida de sus padres, porque cuando uno siente esa pertenencia que da el amor siente que se le respeta, que siempre se le tendrá en consideración, que se es importante. Y aunque a Patricia nunca sus padres le dejaron de amar, igual muchas cosas cambiaron con el pasar de los años. Por eso, aquella época, cuando Patricia no tenía más responsabilidades que los estudios, sería una de aquellas a la que ella más acudiría en busca de solaz.

Y ayer, después de muchos años, y con la perspectiva de quien ve sus recuerdos desde una posición más elevada, Patricia se sorprendió al darse cuenta pasar por alto un detalle de este, uno de los más especiales de sus recuerdos. Porque, cual música de fondo, cual banda sonora de película, cual respetuoso toque de trompeta de minuto de silencio, sobre el eucalipto del patio el canto de pajaritos, felices también por el verano, se amalgamó con el martilleo paternal y la sonrisa maternal, en perfecta armonía y como la situación lo ameritaba. Un canto que jamás quiso ser protagonista, pero tampoco que quiso quedarse atrás. Un canto de esos que se vuelven indisolubles a situaciones fuera de serie como la que Patricia recuerda ahora. De ese tipo de cantos que siempre van acompañando al recuerdo y que no se pueden separar de él, tal como un libro no puede separarse de las letras que le adornan.

Y así, Patricia, descubrió nuevamente que la felicidad se presenta en muchas formas.


* Escrito el 13 de noviembre de 2008.

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ficciones, sucedió

27

Era una mañana calurosa de verano. 1985. La mujer salió temprano para hacer mercado porque más tarde el sol estaría insoportable. Abrió la puerta de su casa y salió a paso ligero. Le molestaba tener que cruzar la Javier Prado cada vez que tenía que hacer compras, pero el mercado más barato, pues. Caminó hasta el paso zebra renegando para sus adentros, por qué la gente tenía que dejar basura en al calle, mira cuántas bolsas negras, ya ni siquiera La Molina es un buen lugar para vivir. Ya por cruzar miró hacia la basura una vez más. ¿Se mueve? Pues sí, no era su imaginación, se estaba moviendo. No era una bolsa, era un atado de ropa. La curiosidad pudo más, se acercó y lo vio. 

En la comisaría de Santa Felicia. todos estaban indignados. Cosas como estas no ocurrían todos los días, menos en un distrito de bien. El comisario le dijo a la mujer, luego de registrar su declaración, que podía retirarse, que a partir de ahora ellos se encargarían, que había un albergue infantil cerca. 

—¿Cuántos años tendrá? —le preguntó la suboficial a la registradora del albergue. 

—Aún no camina, pero parece que tuviera más que un año —meditó la corpulenta mujer. —Le pondremos dos años, pues, aunque me parece menos. 

—Hay que ponerle una fecha de nacimiento para registrarle, ¿verdad?

—Así es. 

—Bueno, fue encontrado hoy, así que que sea veintiuno de febrero —razonó la suboficial. 

—Es lo más sensato. 

Veintisiete años más tarde, en el dos mil doce, le nacería una hija también un veintiuno de febrero. La vida y sus guiños.

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introspección

26

Pensó en su padre. Últimamente lo hacía más seguido. Siempre lo consideró un padre estándar, mayor, aburrido, renegón, aunque muy inteligente. No dejaba de sorprenderle que a medida que pasaban los años se estaba volviendo más parecido a él. Más reservado, más de secretos, más de solucionar problemas por sí mismo. Y así. Curioso. Todo lo que siempre le molestó de su padre lo estaba adquiriendo. 

El abuelo murió cuando su padre tenía veintiséis años. Coincidentemente, su padre también murió cuando tenía veintiséis años. Si al destino le gustara las casualidades numéricas también moriría cuando su hija tuviera veintiséis, o sea, en el dos mil treinta y cinco. 

Se preguntaba qué habría sentido su padre al momento de nacer cada uno de sus hijos. Cuando murió, sus dos hijos mayores estaban a miles de kilómetros de él y se enteraron de su muerte después de varios días. Solo estuvo él, el ultimo hijo, de su segunda mujer, el menos afortunado. ¿Habrá pensado en ellos antes de morir? ¿Habrá querido saber de sus vidas? ¿Habrá querido conversar con ellos y pedirles perdón o que les pida perdón?

Muchas preguntas sin repuestas. ¿Quién era ese hombre, su padre? Creía que lo conocía, pero mientras más pensaba en él, más extraño se le hacía. Se prometió a sí mismo que trataría de tener siempre una buena relación con sus hijos. No le gustaba la idea de morir solo. 

Su padre murió cuando él tenía veintiséis años. Veintiséis, como el número de este post. 

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sucedió

25

Eran las seis de la mañana. Su papá lo despertaba con la misma puntualidad con la que lo despertaban a él cuando estaba en el Leoncio Prado, hacía cincuenta años atrás. Aunque le molestaba mucho que lo levanten tan temprano, porque no estaba en ningún colegio militar como su padre, igual lo hacía, porque si no luego le caía agua fría en la cara. Y eso era ya humillante.

Le quitaba el piyama* y le jabonaba medio cuerpo, porque su mamá ya lo había bañado la noche anterior. Le metía sus dedos gordos llenos de jabón en las orejas, la lavaba los codos, el cuello y la boca. No dejaba ningún resquicio sucio. Al terminar, le esperaba su uniforme gris limpio y planchado, y los zapatos tan lustrosos que podía ver su cara recién lavada en ellos.

En la cocina su mamá le tenía un vaso gigante, de esos coleccionables de Pepsi, lleno de cuáquer con vaya usted a saber qué otros ingredientes más. El resultado era una mezcla espesa, gris y grumosa que servía para que no le diera hambre todo el día y para llenar columnas de construcción por igual. No me gusta, le decía a su mamá. Imagínate que es coca cola, le respondía sin dejar lugar a réplicas.

Y así todos los días.

Veinticinco años después, lavándole las orejas a su hija mayor, se acordó de su papá. Sonrió.


* Me llega al chómpiras escribir piyama con j.

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introspección, sucedió

24

Esta ocasión es el pretexto ideal para decir en el futuro que desde ese día su vida cambió para siempre. No todos los días te nace un hijo. Menos un tercer hijo.

Lo bueno de tener varios hijos es que a medida que van sucediéndose vas agarrando más cancha como padre. A la (al) mayor le das de alma para hacerle entrar en razón; con la (el) siguiente te mides un poco pero igual le das su chiquita para que haga caso; pero con el último(a) utilizas argumentos tan convincentes que parecen sacados de manual de autoayuda. La experiencia, pues.

Pero decía que esta ocasión es una buena excusa para recapitular y ajustar el rumbo. No toda la mazana debe estar podrida.

Literalmente, un hijo te cambia la vida.

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23

Estoy de visita y me han prestado una laptop. No quería dejar de escribir.

Mis dedos se sienten extranjeros sobre el teclado. El teclado se siente invadido por unos dedos gordos que no le tratan con delicadeza. No importa. El teclado debe estar al servicio de la historia.

Este post es personal. La Patricia, mi mujer, está en el sofá, esperando a que llegue a cinco de dilatación, entre contracción y contracción. Sí, seremos padres por tercera vez. Si las ecografías no se han equivocado será varón. El único varón. Sus hermanas están expectantes.

Mientras conducía de camino acá, la Patricia y yo conversábamos sobre la llegada de Joaquín. Será el único Palacios varón de todos los nietos, le dije, qué irónico, el único nieto Palacios y del primo adoptado. Patricia sonrió. No soy de los que piensan que es importante que el apellido perdure a través de las generaciones, que la estirpe y la raza, y esas chorradas; pero no pude evitar sonreír con la Patricia porque sí, es irónico que todos mis primos varones tienen hijas mujeres, así que “el apellido se perderá”. Ja. Qué ironía. Mis padres sabían lo que hacían cuando me adoptaron.

Aunque, como a la vida le encanta meterme autogoles, no sería extraño que sea mujer y no hombre. No me importaría, en realidad.

Doscientas veinticinco palabras. Es suficiente.

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introspección, sucedió

22

¿Cuántos años habían pasado? ¿Ocho, diez? Fueron ocho. Ocho años más o menos que no lo veía. No era su amigo. Ni siquiera habían tenido alguna conversación íntima. Solo se saludaban y se despedían todos los días. Su nombre era Efraín. Lo vio vendiendo gaseosas en el cruce de México con Nicolás Ayllón. Le sorprendió ver que seguía poniéndole ganas a lo que hacía.

Ocho años atrás, Efraín trabajaba como vigilante en la cuadra catorce de Arriola. No me alcanza la plata, le dijo un día, ahora también voy a cuidar la cuadra trece, porque la quince ya no ya, mucho. Recordaba que Efraín paraba con un tipo que le decían Pitbul. Los dos cuidaban las dos cuadras, pero eran distintos. Era evidente que el Pitbul era un tipo chueco, de San Cosme, al que no le confiarías nada. Pero Efraín no. Era un tipo provinciano, grueso, de mirada curiosa, y ojos amistosos, a pesar de que vivía en 7 de Octubre.

Lo vio en el cruce y mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde recordó esa época. Ocho años no era mucho, pero sí muchas cosas habían cambiado en su vida. Parecía que en la de Efraín también. Ambos ya no trabajaban en la catorce de Arriola, por ejemplo. Pero Efraín seguía con la mismas ganas de salir adelante, aunque sea vendiendo gaseosas. Pensó que eso tenía mérito. Él tenía un carro, un mejor empleo, un mejor celular, pero sintió que Efraín le ponía más ganas a lo que hacía que él.

—Dame una Fanta —le dijo.

—Dos soles —respondió.

Efraín no le reconoció.

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