ficciones, reproches

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Tenía la debilidad de ceder al impulso de comprar cuánto cuadernos y lapiceros bonitos encontrara. Siempre le había gustado escribir, pero nunca tuvo la disciplina para avanzar más de diez páginas, o más de diez entradas continuas en el blog, o más de diez días seguidos en el diario. Pero aún así compraba cuadernos, blocs, folders, pioners, lapiceros de tinta seca y líquida y así. Se repetía a sí mismo que si además de no tener la constancia de escribir algo le sumaba el hecho de no comprar cuadernos y lapiceros ahí sí que todos sus sueños de escritor se irían al tacho. 

Y así, con ese pensamiento, hacía su cola en caja y pagaba por sus cuadernos y lapiceros. 

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introspección

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Siempre creyó que la forma más elegante de dejar constancia de los grandes eventos era contando solo los detalles, sin hacer referencia directamente al evento en sí. Una idea literaria, sin duda, pero poco práctica para dejar memorias.

Desde que tenía doce años siempre le preocupaba la necesidad de dejar constancia de su existencia. ¿Acaso por su condición de hijo adoptado? ¿Acaso por no sentirse parte de nada? ¿Acaso por su enorme deseo de estar en completa soledad? Quizá por nada de eso o por un poco de todo. Aunque, claro, su marcada inconstancia le impedía remediar su preocupación.

2017. Un nuevo año. Una nueva oportunidad de registrar su vida, sus ideas, sus disparates, sus errores. Un nuevo año. Y había descubierto la catarsis de referirse a sí mismo en tercera persona.

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