introspección

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Esa gente que predica que el fracaso es bueno, porque hace que las personas se eleven sobre sí mismas y sobre sus problemas, hacia una vida llena de éxitos inacabables merecía su más profundo desprecio. Las detestaba. Él nunca se metía en idiosincracias ajenas pero le llegaba al pincho altamente que esa misma gente cometiera el gravísimo error de meter a todos en un mismo saco, de generalizar tipos, de profetizar comportamientos, de saberlo todo.

Cada quien reacciona como puede, era su lema más repetido. Él ya no quería reaccionar o, mejor dicho, su reacción fue la no reacción. Había fracasado tantas veces y en tantos ámbitos que empezó a sentir miedo, no al fracaso en sí mismo, sino a acostumbrarse al fracaso, a ya no querer reaccionar más, a sentirse cómodo en el hoyo inferior. Se le compungió el alma al reflexionar de este modo.

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