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—La última vez que nos vimos hablamos de esa estatua de ahí —prosiguió—. Él quiso saber por qué me fascinaba y yo le contesté que nunca había visto en ella ningún acto heroico, sino la imagen de la terrible injusticia que se cometía contra un dragón, y él me entendió muy bien y me preguntó por el fuego: «¿Qué pasa con ese fuego que escupe el dragón?». Yo le respondí que es el mismo fuego que arde dentro de todos los que son pisoteados. El mismo fuego que puede convertirnos en ceniza, pero que a veces —si algún chiflado como Holger nos ve, y juega al ajedrez y habla con nosotros; si, en general, se interesa por nosotros— puede transformarse en una cosa completamente diferente: una fuerza que hace que seamos capaces de devolver el golpe. Holger sabía que era posible levantarse incluso con una lanza clavada en el cuerpo, y por eso era tan pesado y latoso —explicó, tras lo cual volvió a quedarse callada.

Luego se dio vuelta y le hizo una reverencia al ataúd con un movimiento rígido y torpe. Dijo «gracias» y «perdón», y se percató de la mirada y la sonrisa que le dedicó Mikael Blomkvist. Era posible que ella le devolviera la sonrisa, pero resultaba difícil de saber.

+ Palabras que Lisbeth Salander dijo en el funeral de Holger Palmgren. Fragmento de El hombre que perseguía su sombra, de David Lagercrantz, quinto libro de la saga Millennium.

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Mikael entendió que la prensa sensacionalista se había entusiasmado con la historia. Sin embargo, él no le concedió demasiada importancia. Era consciente de lo fácil que resultaba obsesionarse con las similitudes y coincidencias, y sabía que lo extraordinario y lo llamativo siempre permanece y destaca a costa de lo ordinario, que tal vez, precisamente por su supuesta insignificancia, nos dice algo más importante acerca de la realidad.

+ Fragmento de El hombre que perseguía su sombra, de David Lagercrantz, quinto libro de la saga Millnnium, de Stieg Larsson.

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