sucedió

47

2018-05-19 21_33_45-gonza (@gonza_bot) • Fotos y videos de Instagram
Hoy este señor habría cumplido 87 años, pero hace casi nueve decidió que ya no tenía nada que hacer por acá y se fue a molestar a la gente al otro lado del velo. Seguro debe andar por allá contando los mismos chistes de siempre —sobre arequipeños y judíos—, haciendo los mismos pasos de baile que hacían reír a todo el mundo y leyendo libros de lo que sea, pero menos de literatura.
Por este lado del velo también se le extraña. Dejó nietos que solo conocen de él lo que los demás cuentan. A veces, sus nietos preguntan con curiosidad qué cosas decía, qué cosas hacía y con qué pasos de baile se contorneaba. Pero también los más adultos comentan de él: recuerdan sus gestos, su malhumor, su jovialidad, su celo por los asuntos eclesiásticos, la solemnidad que ponía antes de soltar algún comentario trascendente, su voz profunda, gruesa y bien entonada, su vocación de tramitador, la pulcritud de sus clases en la iglesia, el grosor de su brazo, su cabello corto, su deseo de servir, sus comentarios esclarecedores, sus estudios de madrugada, su olor a antiguo, su cabello blanco, su fanfarronería, su carisma…
19 de mayo.

Anuncios
Estándar
sucedió

46

Era poco habitual que lloviera en esa época del año, por lo que le sorprendió sentir gotas gruesas resbalar por sus mejillas. A los pocos minutos tuvo que sacarse los lentes para poder seguir viendo el camino con normalidad. No tenía nada en contra de la lluvia, pero le puso de mal humor pensar en que los zapatos se le ensuciarían cuando terminaran de cruzar Las Musas, pues se dirigían hacia el otro lado del área, en donde la lluvia y la pista sin asfaltar dejarían los zapatos impresentables. Para el final de la noche, su mal humor no cambiaría, pero la lluvia no tendría nada que ver.

Después de tres cuartos de hora conversando sobre por qué era importante obedecer mandamientos y guardar convenios, la lluvia aún se dejaba escuchar con un incesante golpeteo cuyo sonido se hacía mayor en complicidad con el techo de calamina. Fue evidente que Demetrio Puicón no quería saber nada de mormones, así como la lluvia tampoco quería dejar de hacerse escuchar. Demetrio Puicón, de rostro surcado de arrugas, tez color cebada y mirada imperturbable, contradijo todo argumento, tachó de mentira cada enseñanza y desmereció todo esfuerzo que el joven misionero hizo por tratar de enternecer su sexagenario e insensible corazón. Hubo momentos en que este miró de soslayo a su compañero, un norteamericano con rostro de actor de película taquillera, buscando, quizá, algún aporte que ayude a mitigar la paliza verbal que estaba recibiendo; pero desistió al recordar que su español atropellado y mal hablado dejaba más dudas que certezas. Afuera, la lluvia no amainaba.

El joven misionero comprendió lo difícil que es tratar de hacer prosperar nuevas ideas en la mente de un anciano y, luego de intercambiar miradas con su compañero, se dispuso a terminar la reunión. Sin embargo, queriendo quizá tener la última palabra, Demetrio Puicón le dijo que cuando tuviera su edad se olvidaría de obedecer mandamientos y guardar convenios, que lo hacía porque era joven y no había vivido lo suficiente, que en diez años, o quizá veinte, ya no viviría los principios que predicaba. A esta sentencia le debería haber seguido un silencio absoluto, pero la lluvia no respetó el ánimo quebrantado del joven misionero y, al contrario, se escuchó más fuerte, como dando solemnidad a las palabras del anciano.

Era poco habitual que lloviera en esa época del año, pero en el camino de regreso ya no le sorprendió sentir gotas gruesas resbalar por sus mejillas. Agradeció que esas gotas se entremezclaran con sus lágrimas y, allí, cruzando nuevamente Las Musas, con los lentes empañados, los zapatos embarrados, con un compañero con quien apenas podía comunicarse, y con el ánimo quebrantado, se prometió a sí mismo que no le daría el gusto a Demetrio Puicón, que aunque no hubiera podido hacer que el mensaje del evangelio cale en el corazón del anciano, por lo menos su vida, sobre lo que sí podía tener control, sería tal que demostraría que Demetrio Puicón estaba equivocado. El cielo escampó.

Dieciséis años pasaron. Demetrio Puicón aún continuaba equivocado.

Estándar