ficciones

59

Supo que esta vez sería la definitiva porque fue la primera vez que se lo dijo en persona y porque, además, el sol se estaba escondiendo. Las cuatro veces anteriores fueron o por teléfono o por carta. Pero así, en persona, sintió que le dolió más, sintió que fue definitivo. Es más, ni siquiera tuvo capacidad de reacción para poner peros, para insistir en que se retracte. La lógica de sus razones lo dejaron desarmado. Le fue imposible refutar. En el fondo de sus cavilaciones, él también había llegado a la misma conclusión, pero como buen cobarde que era fue incapaz de dar ese paso que ella, a la luz de los hechos nada cobarde, dio esa tarde. Él la escuchó atentamente, sin atreverse a interrumpir, pensando a mil por hora en qué palabras escoger para hacer que reconsidere su decisión y, aunque se le ocurrió por lo menos una docena de argumentos, no se atrevió a decir nada, solo se limitó a sonreír torpemente para quizá, así, ocultar la tristeza honda que le iba embargando poco a poco.  Afuera el viento, como sintiendo respeto por la situación, arrancó pétalos amarillos de las flores de un árbol y las depositó a los pies de ambos. Él sintió que la suerte estaba echada. Cuando se dio cuenta de que ella ya no diría nada más, se atrevió a balbucear algunas palabras que ni él mismo se las creyó, y luego se unió a ella en un abrazo interminable. Ella no le rechazó; al contrario, se lo correspondió profundamente y, por un momento, él pensó que le diría que olvidara todo lo que le había dicho los últimos veinte minutos. 

Como era de esperarse, no fue así. Ella estaba hecha de otra pasta. Ella era decidida, correcta. Poseía un sentido moral tal que le impedía poner sus intereses propios a costa de la infelicidad de otros. Ella tenía muchas cosas en qué pensar en ese momento de su vida, y muchas de ellas le provocaban dolores de cabeza. Él no podía ser otro motivo de dolor de cabeza. Él llegó a la misma conclusión y no le puso el camino difícil. Él se abrió de su vida con la misma desprevención con la que había entrado en ella. Él la quería tanto que ese mismo sentimiento le impedía provocarle tristezas. Antes de soltarle, le dijo que siempre podía contar con él para cualquier cosa. Fue un manotazo de ahogado, una excusa burda, un último estertor, una forma de decir oye, quiero seguir en tu vida para siempre. Sintió cómo las lágrimas de ella tocaban su hombro después de colarse por la ropa. El abrazo continuó. Él aguzó todos sus sentidos para que su memoria guarde cada detalle de ese abrazo, para no olvidar la calidez de sus pechos, la delicadeza de su cintura, el olor de cabello, la perfecta proporcionalidad de su cuerpo. Afuera el sol terminó de esconderse, como diciéndole ya suéltala, déjala ir. La soltó contra su voluntad. Ella le sonrió y el sol brilló nuevamente.

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sucedió

58

Decidió que no se movería hasta tener quinientas palabras escritas. Ya había intentado muchas veces tener una constancia más o menos regular en esto de escribir, pero como podría esperarse de alguien con su personalidad, todos sus intentos resultaron fallidos. Empezó nuevamente con la convicción de que esta vez sí sería el intento definitivo, pero él mismo se dijo para sus adentros que probablemente en dos o tres días más tiraría la toalla.  Se le vino a la mente ese refrán que dice carrera de caballo, parada de burro, que su mamá le repetía desde que tenía memoria, quizá advirtiendo ella desde una edad temprana su personalidad inconstante. Y sí, seguramente este nuevo intento sería fallido, pero él, contestándose a sí mismo, decidió que, al pincho, no le importaría decepcionarse a sí mismo una vez más. 

De niño escribió de forma más o menos constante un diario. Lo que escribía en él era principalmente acontecimientos que vivía en esa época, los cuales, como puede suponerse, ni eran muchos ni eran interesantes. Muchos años después, al volver leer esas primeras líneas de su vida, soltó una carcajada y agradeció que nadie más haya tenido que leer tanto texto soso y tan desprovisto de interés. Eran hojas de un libro de actas que su papá le había dado, pero luego transcribió todo en un cuaderno universitario arco iris. Las líneas, además de sosas, estaban pésimamente redactadas; las hojas estaban llenas de manchas de tinta de lapicero porque no eran épocas de lapiceros pilot. Los textos estaban acompañados de fotografías amarillentas, pegadas con cinta scotch de tan mala calidad que al menor roce se despegaban. Las fotografías, como haciendo juego con los textos, tenían muy mal encuadre, rostros brillosos, luces provenientes de ángulos incorrectos, personas con poses esperpénticas y así. También había dibujos que hacía para poder sumar más hojas y sentir así que estaba llevando a cabo una obra voluminosa de gran envergadura, pero, cómo no, los dibujos también dejaban mucho que desear. Bueno, al fin y al cabo, era un niño, se justificó a sí mismo. 

Ese cuaderno universitario arco iris lo acompañó hasta los dieciocho años, pero no pasó del treinta por ciento del total de las hojas. Es más, en las últimas hojas, con la misma cinta scotch de mala calidad, había tarjetas que coleccionaba del mundial Francia 98: estaban Owen, Zidane, Suker, Maldini, Djorkaeff, Bierhoff y otras viejas glorias que le hizo recordar los domingos que faltaba a la capilla para quedarse a ver el fútbol, con su subsecuente culpa, claro está. Le hizo recordar una época en que no tenía más preocupaciones que no jalar cursos para marzo. Una época en que no tenía más responsabilidad que barrer la casa todas las mañanas y lavar la ropa todos los sábados. Una época de inseguridades de adolescente que se le antojaban dramáticas y eternas, pero que se desvanecerían con su primer beso en el colegio. Una época que, a pesar de su torpeza para escribir, sus nimios recursos al alcance y su constante inconstancia, quedó perfectamente plasmada en ese cuaderno universitario arco iris. 

Entendió por qué le gustaba escribir. 

Quinientas veintiséis palabras. Fue suficiente.

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introspección

57

Es más fácil referirse a uno mismo hablando en tercera persona. Uno puede ser más crítico, más despiadado, más indolente. Es como si uno se subiera a la copa de un árbol, desdoblándose de su propio ser, y desde ahí observar cuán idiota se puede llegar a ser. Cuando uno se refiere a sí mismo en primera persona también se puede llegar a ser muy crítico, muy despiadado y todo eso, pero da la impresión de que la crítica no es completamente sincera. Da la impresión de que hay sentimientos de lástima, afecto, no sé, de por medio, y se siente como que se desestima cualquier cosa que se pueda decir. 

Digo da la impresión a manera de expresión, no necesariamente porque exista alguien a quien se le tenga que dar una impresión; porque otro tema es definir para quién uno escribe. Por lo que, si uno escribe para ser leído, pensando en que existe alguien en el mundo dispuesto a perder su tiempo leyendo mamarrachos, pues escribir en tercera persona puede ser, quizá, la mejor manera de entretener al despistado lector, o por decirlo de otro modo, de hacer que crea lo que se le está diciendo. Pero si uno escribe para sus adentros, de forma íntima, con la única intención de desahogarse de toda la mierda que uno lleva adentro, pues quizás, en ese caso, escribir en primera persona sea lo más catártico. 

typewriterY aquí radica mi dilema, hablando ahora sí en primera persona. Por lo menos sí tengo claro por qué escribo, pero no es este el momento de andar explicándolo. El dilema, decía, radica, primero, en delimitar para quién escribo. ¿Quiero que mis reflexiones, palabras ociosas, intentos de hacerme el gracioso, o como quiera llamárseles, sean leídas por siquiera mi madre, o prefiero que solamente yo sea quien las lea, una y otra vez, criticándome a mí mismo, una y otra vez también, qué tan bajo se puede escribir? Segundo, aunque ligado al primer dilema, ¿escribo en primera o tercera persona? 

¿Qué es peor que tener dilemas? Es no tener tiempo para seguir pensando en ellos. Como ahora. 

* Imagen tomada de Pinterest.

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ficciones

56

Empezar a escribir algo siempre le provocó angustia. Él era un tipo que le daba muchas vueltas a las cosas antes de emprenderlas. Pensaba mucho en los detalles antes de llevar algo a cabo. Es más que seguro que si se hubiera puesto a pensar en los detalles después de llevar a cabo las cosas, muchas de las empresas en las que se embarcó habrían llegado a buen puerto. Pero no, este tipo era de los que, por poner un ejemplo, pensaba en cómo quería que quede el hombro de la camisa antes de empezar a plancharla, el día anterior al día en que debía usarla, para después terminar planchándola a lo loco minutos antes de salir de la casa al día siguiente. Este tipo era de los que se esforzaba por no mover los índices izquierdo y derecho de las teclas efe y jota, respectivamente, antes de ponerse a redactar ese informe que su jefe de ventas le solicitó para este viernes, para después, como se puede sospechar, ponerse a hacer ejercicios de redacción en línea para, según él, usar el teclado eficientemente y, como bien se puede concluir, terminar redactando a las volandas un esperpento cualquiera sin mover, eso sí, los índices izquierdo y derecho de sus teclas correspondientes, porque al final solo eso le quedó de tanta práctica. Este tipo, un ejemplo más para que quede claro, era de los que, para hacer hora hasta que un cliente le pueda atender, abría la laptop e, inspirado por los libros que, pocas veces terminados, leía, se proponía empezar de una vez por todas a enraizar esa esquiva constancia que deseaba tener para escribir, pero le tomaba mucho tiempo empezar a poner una palabra después de otra de forma que, un posible lector, pudiera leerlas sin sentir el deseo de cerra la ventana; ¿la razón?, no se decidía si escribir en primera o tercera persona. Cuando por fin se decidió, el cliente ya se había ido.

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introspección, plagios

55

3 de junio*

¿Por qué estaré hoy tan decepcionado? Sin dinero, sin éxitos, sin amores, mis días van cayendo como las hojas secas de un árbol. Rodeado de oscuridad, de cenizas. Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero, ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?

¡Cómo no leer esto y no sentir estas palabras clavarse como puntas afiladas en el alma! ¿Quién no ha querido escapar, ser cobarde, reiniciar todo? Ribeyro was right. El flaco lo entendió todo.

•••••

* Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso.

[Imagen tomada de Pinterest]

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sucedió

54

Se pasó la mitad de su vida organizando documentos y la otra mitad haciendo trámites. Los documentos organizados le servían para hacer trámites; los trámites le dejaban nuevos documentos para organizar. Un círculo vicioso del que solo saldría por culpa de un derrame cerebral.

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fragmentos

53

—Pensarás que soy tonta.

—No, mamá. No eres tonta. Pero la vida es injusta.

—¿Has visto a tu hermana?

—Hace mucho que no la veo.

—Nunca me visita.

—Ya lo sé, mamá. A mí tampoco.

—¿Trabajas?

—Sí, mamá. Me las arreglo muy bien.

—¿Dónde vives? Ni siquiera sé dónde vives.

—Vivo en tu vieja casa de Lundagatan. Llevo allí años. Me traspasaron el contrato de alquiler.

—A lo mejor este verano quizá pueda hacerte una visita.

—Claro que sí. Este verano.

Al final, la madre consiguió abrir el regalo y olió encantada el perfume.

—Gracias, Camilla —dijo la madre.

—Lisbeth. Soy Lisbeth. Camilla es mi hermana.

La madre se avergonzó. Lisbeth Salander le propuso ir a la sala del televisor.

* Fragmento de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

Cuando ya conoces a Lisbeth, pequeñas situaciones como estas te parten el corazón.

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