introspección

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Es más fácil referirse a uno mismo hablando en tercera persona. Uno puede ser más crítico, más despiadado, más indolente. Es como si uno se subiera a la copa de un árbol, desdoblándose de su propio ser, y desde ahí observar cuán idiota se puede llegar a ser. Cuando uno se refiere a sí mismo en primera persona también se puede llegar a ser muy crítico, muy despiadado y todo eso, pero da la impresión de que la crítica no es completamente sincera. Da la impresión de que hay sentimientos de lástima, afecto, no sé, de por medio, y se siente como que se desestima cualquier cosa que se pueda decir. 

Digo da la impresión a manera de expresión, no necesariamente porque exista alguien a quien se le tenga que dar una impresión; porque otro tema es definir para quién uno escribe. Por lo que, si uno escribe para ser leído, pensando en que existe alguien en el mundo dispuesto a perder su tiempo leyendo mamarrachos, pues escribir en tercera persona puede ser, quizá, la mejor manera de entretener al despistado lector, o por decirlo de otro modo, de hacer que crea lo que se le está diciendo. Pero si uno escribe para sus adentros, de forma íntima, con la única intención de desahogarse de toda la mierda que uno lleva adentro, pues quizás, en ese caso, escribir en primera persona sea lo más catártico. 

typewriterY aquí radica mi dilema, hablando ahora sí en primera persona. Por lo menos sí tengo claro por qué escribo, pero no es este el momento de andar explicándolo. El dilema, decía, radica, primero, en delimitar para quién escribo. ¿Quiero que mis reflexiones, palabras ociosas, intentos de hacerme el gracioso, o como quiera llamárseles, sean leídas por siquiera mi madre, o prefiero que solamente yo sea quien las lea, una y otra vez, criticándome a mí mismo, una y otra vez también, qué tan bajo se puede escribir? Segundo, aunque ligado al primer dilema, ¿escribo en primera o tercera persona? 

¿Qué es peor que tener dilemas? Es no tener tiempo para seguir pensando en ellos. Como ahora. 

* Imagen tomada de Pinterest.

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introspección, plagios

55

3 de junio*

¿Por qué estaré hoy tan decepcionado? Sin dinero, sin éxitos, sin amores, mis días van cayendo como las hojas secas de un árbol. Rodeado de oscuridad, de cenizas. Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero, ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?

¡Cómo no leer esto y no sentir estas palabras clavarse como puntas afiladas en el alma! ¿Quién no ha querido escapar, ser cobarde, reiniciar todo? Ribeyro was right. El flaco lo entendió todo.

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* Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso.

[Imagen tomada de Pinterest]

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introspección

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Los pensamientos que a uno le asaltan cuando la mente está con la guardia baja, como cuando se va el sueño y se despierta uno a las tres de la mañana, por ejemplo, son quizá los pensamientos que más se enraízan en la mente. Se vuelven pensamientos a los que uno siempre volverá en el transcurso del día, al día siguiente y, quizás, en mentes menos disciplinadas, hasta en el transcurso de la semana. Esto en sí mismo no es bueno ni malo, es natural, por decirlo de algún modo; pero del tipo de pensamiento que le asalte a uno va a depender en buena medida el estado de ánimo mental en el transcurso del día o al día siguiente o, en mentes menos disciplinadas, en el transcurso de la semana. Lo sensato sería que la mente seleccione un tipo de pensamiento tal que contribuya a su buen estado de ánimo; pero si aun con la guardia alta, en las horas más activas del día, la insensata mente yerra seleccionando pensamientos de aquel tipo, qué sensatez se le puede pedir teniendo la guardia baja, en horas antinaturales y sin tener nada productivo que hacer.

Para bien o para mal, estos pensamientos que llegan sin invitación, en los momentos más inoportunos, van a ir definiéndole a uno. Las mentes disciplinadas aprenderán a convivir con aquellos pensamientos y, quizás, hasta los reemplacen con otros que consideren productivos y edificantes. Las mentes sin disciplina, en contraste, los acunarán, los alimentarán y les darán alas para que sigan creciendo y se vuelvan pensamientos fuertes, porque, al fin y al cabo, estas mentes soñadoras, sin disciplina y, sí, también insensatas, se sienten agradecidas de ese maravilloso hecho que es ser asaltado por un pensamiento.

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introspección

38

Esa gente que predica que el fracaso es bueno, porque hace que las personas se eleven sobre sí mismas y sobre sus problemas, hacia una vida llena de éxitos inacabables merecía su más profundo desprecio. Las detestaba. Él nunca se metía en idiosincracias ajenas pero le llegaba al pincho altamente que esa misma gente cometiera el gravísimo error de meter a todos en un mismo saco, de generalizar tipos, de profetizar comportamientos, de saberlo todo.

Cada quien reacciona como puede, era su lema más repetido. Él ya no quería reaccionar o, mejor dicho, su reacción fue la no reacción. Había fracasado tantas veces y en tantos ámbitos que empezó a sentir miedo, no al fracaso en sí mismo, sino a acostumbrarse al fracaso, a ya no querer reaccionar más, a sentirse cómodo en el hoyo inferior. Se le compungió el alma al reflexionar de este modo.

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introspección

36

Siempre creyó que la forma más elegante de dejar constancia de los grandes eventos era contando solo los detalles, sin hacer referencia directamente al evento en sí. Una idea literaria, sin duda, pero poco práctica para dejar memorias.

Desde que tenía doce años siempre le preocupaba la necesidad de dejar constancia de su existencia. ¿Acaso por su condición de hijo adoptado? ¿Acaso por no sentirse parte de nada? ¿Acaso por su enorme deseo de estar en completa soledad? Quizá por nada de eso o por un poco de todo. Aunque, claro, su marcada inconstancia le impedía remediar su preocupación.

2017. Un nuevo año. Una nueva oportunidad de registrar su vida, sus ideas, sus disparates, sus errores. Un nuevo año. Y había descubierto la catarsis de referirse a sí mismo en tercera persona.

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introspección

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Pensó en su padre. Últimamente lo hacía más seguido. Siempre lo consideró un padre estándar, mayor, aburrido, renegón, aunque muy inteligente. No dejaba de sorprenderle que a medida que pasaban los años se estaba volviendo más parecido a él. Más reservado, más de secretos, más de solucionar problemas por sí mismo. Y así. Curioso. Todo lo que siempre le molestó de su padre lo estaba adquiriendo. 

El abuelo murió cuando su padre tenía veintiséis años. Coincidentemente, su padre también murió cuando tenía veintiséis años. Si al destino le gustara las casualidades numéricas también moriría cuando su hija tuviera veintiséis, o sea, en el dos mil treinta y cinco. 

Se preguntaba qué habría sentido su padre al momento de nacer cada uno de sus hijos. Cuando murió, sus dos hijos mayores estaban a miles de kilómetros de él y se enteraron de su muerte después de varios días. Solo estuvo él, el ultimo hijo, de su segunda mujer, el menos afortunado. ¿Habrá pensado en ellos antes de morir? ¿Habrá querido saber de sus vidas? ¿Habrá querido conversar con ellos y pedirles perdón o que les pida perdón?

Muchas preguntas sin repuestas. ¿Quién era ese hombre, su padre? Creía que lo conocía, pero mientras más pensaba en él, más extraño se le hacía. Se prometió a sí mismo que trataría de tener siempre una buena relación con sus hijos. No le gustaba la idea de morir solo. 

Su padre murió cuando él tenía veintiséis años. Veintiséis, como el número de este post. 

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introspección, sucedió

24

Esta ocasión es el pretexto ideal para decir en el futuro que desde ese día su vida cambió para siempre. No todos los días te nace un hijo. Menos un tercer hijo.

Lo bueno de tener varios hijos es que a medida que van sucediéndose vas agarrando más cancha como padre. A la (al) mayor le das de alma para hacerle entrar en razón; con la (el) siguiente te mides un poco pero igual le das su chiquita para que haga caso; pero con el último(a) utilizas argumentos tan convincentes que parecen sacados de manual de autoayuda. La experiencia, pues.

Pero decía que esta ocasión es una buena excusa para recapitular y ajustar el rumbo. No toda la mazana debe estar podrida.

Literalmente, un hijo te cambia la vida.

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