reproches

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Incluso para él, quien no podía jactarse de ser constante, dejar de escribir seis meses había sido demasiado. Pensó que enhorabuena que no escogió vivir de sus escritos, porque seguramente estaría al borde de la inanición en esos momentos. Pensó que si ya estaba teniendo problemas para subsistir teniendo un trabajo tradicional, no quería imaginar qué apuros tendría si dependiera de sus ficciones.

Lo que sí no había dejado de hacer era leer. Bueno, tampoco es que sus opciones de lectura lo convirtieran en un referente, ni mucho menos, pero por lo menos —se repetía para convencerse a sí mismo— esta sí era una actividad en la que era constante. Y precisamente fue porque aún no había dejado de leer que se topó con un artículo que le hizo reflexionar sobre los hábitos; un tópico esquivo muy recurrente en sus reflexiones, pero muy escaso en sus acciones.

El artículo en ciernes lo encontró en Medium, un sitio con contenidos interesantes, y tenía por título la ambiciosa frase The One Habit Every Writer Needs. Right Now, y sí, estaba en inglés, por lo que le tomó su tiempo entenderlo de cabo a rabo, e incluso después de terminarlo dudó de haberlo captado completamente, pero le bastó con lo poco que captó:

What I’m saying is that living in your passion, even ten minutes a day, is a gift you give your family. Set that teeny, tiny goal and protect it. Meet it, every day.

Eso de is a gift you give your family no le convenció del todo, así que lo interpretó como a gift you give yourself y se le iluminó el rostro… hijo único, pues, qué más podría esperarse.

Así que helo ahí, colocando una palabra después de otra, evitando que se repitan, forzándolas a que tengan coherencia, tipeando y borrando porque qué jodido era escribir en una pantalla táctil, tratando de no pensar en la cantidad de visitantes que nuevamente tendría su blog. Porque it only takes ten minutes a day —rezaba el artículo— it will change your life.

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reproches

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Se dedicaba a vender rodamientos. Llevaba haciéndolo más de doce años ya, desde dos mil cinco. Precisamente ese fue el año en que empezó a perder las esperanzas de convertirse en un afamado lingüista; Semántica 2 fue demasiado para él. A menudo recordaba ese martes de septiembre, el día del examen parcial, luchando contra sí mismo, debatiéndose entre entrar o no entrar al salón. No entró.

No entró hasta cinco años después cuando, infructuosamente, compaginaba cursos en las pocas horas que el vender rodamientos le dejaba a sus días. Duró un par de meses en esas idas y venidas, pidiendo permisos para no faltar a sus clases, inventando reuniones con clientes a las ocho de la mañana, o yendo a ver muestras inexistentes de rodamientos. Lo dejó.

Diecisiete años habían ya pasado desde su primer día en la universidad. Cuando pensaba en ese día se veía a sí mismo con tantas ganas, con tanta atención, con tanto orden, con tanta pulcritud. Después, volvía a verse en el día presente: el desasosiego era inevitable.

Tristeza.

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ficciones, reproches

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Tenía la debilidad de ceder al impulso de comprar cuánto cuadernos y lapiceros bonitos encontrara. Siempre le había gustado escribir, pero nunca tuvo la disciplina para avanzar más de diez páginas, o más de diez entradas continuas en el blog, o más de diez días seguidos en el diario. Pero aún así compraba cuadernos, blocs, folders, pioners, lapiceros de tinta seca y líquida y así. Se repetía a sí mismo que si además de no tener la constancia de escribir algo le sumaba el hecho de no comprar cuadernos y lapiceros ahí sí que todos sus sueños de escritor se irían al tacho. 

Y así, con ese pensamiento, hacía su cola en caja y pagaba por sus cuadernos y lapiceros. 

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introspección, reproches, sucedió

20

Fue una conversación inesperada. La señora de la limpieza se le acercó y le hizo un par de preguntas sobre religión. Usted es mormón, le dijo, por favor, ayúdeme que mañana tengo que discursar sobre la caridad y no sé muy bien qué decir.

Como en sus mejores días, le recomendó un par de pasajes de las escrituras y unos consejos. Ella escuchó atentamente, tomó nota y le agradeció. Se despidieron.

Ese día no había llevado el carro al trabajo, así que tuvo tiempo para pensar mientras caminaba al paradero. Tuvo recuerdos de lo que parecía otra vida. Pasó por la calle por la que había caminado innumerables veces en esa otra vida. Le entró la nostalgia y se emocionó. Todavía me emociono, pensó. ¿Acaso no todo está perdido?

Las siguientes semanas le dirían si esa conversación inesperada la cambiaría la vida o quedaría para la anécdota.

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