reproches

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Se dedicaba a vender rodamientos. Llevaba haciéndolo más de doce años ya, desde dos mil cinco. Precisamente ese fue el año en que empezó a perder las esperanzas de convertirse en un afamado lingüista; Semántica 2 fue demasiado para él. A menudo recordaba ese martes de septiembre, el día del examen parcial, luchando contra sí mismo, debatiéndose entre entrar o no entrar al salón. No entró.

No entró hasta cinco años después cuando, infructuosamente, compaginaba cursos en las pocas horas que el vender rodamientos le dejaba a sus días. Duró un par de meses en esas idas y venidas, pidiendo permisos para no faltar a sus clases, inventando reuniones con clientes a las ocho de la mañana, o yendo a ver muestras inexistentes de rodamientos. Lo dejó.

Diecisiete años habían ya pasado desde su primer día en la universidad. Cuando pensaba en ese día se veía a sí mismo con tantas ganas, con tanta atención, con tanto orden, con tanta pulcritud. Después, volvía a verse en el día presente: el desasosiego era inevitable.

Tristeza.

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ficciones, reproches

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Tenía la debilidad de ceder al impulso de comprar cuánto cuadernos y lapiceros bonitos encontrara. Siempre le había gustado escribir, pero nunca tuvo la disciplina para avanzar más de diez páginas, o más de diez entradas continuas en el blog, o más de diez días seguidos en el diario. Pero aún así compraba cuadernos, blocs, folders, pioners, lapiceros de tinta seca y líquida y así. Se repetía a sí mismo que si además de no tener la constancia de escribir algo le sumaba el hecho de no comprar cuadernos y lapiceros ahí sí que todos sus sueños de escritor se irían al tacho. 

Y así, con ese pensamiento, hacía su cola en caja y pagaba por sus cuadernos y lapiceros. 

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introspección, reproches, sucedió

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Fue una conversación inesperada. La señora de la limpieza se le acercó y le hizo un par de preguntas sobre religión. Usted es mormón, le dijo, por favor, ayúdeme que mañana tengo que discursar sobre la caridad y no sé muy bien qué decir.

Como en sus mejores días, le recomendó un par de pasajes de las escrituras y unos consejos. Ella escuchó atentamente, tomó nota y le agradeció. Se despidieron.

Ese día no había llevado el carro al trabajo, así que tuvo tiempo para pensar mientras caminaba al paradero. Tuvo recuerdos de lo que parecía otra vida. Pasó por la calle por la que había caminado innumerables veces en esa otra vida. Le entró la nostalgia y se emocionó. Todavía me emociono, pensó. ¿Acaso no todo está perdido?

Las siguientes semanas le dirían si esa conversación inesperada la cambiaría la vida o quedaría para la anécdota.

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