introspección

52

Los pensamientos que a uno le asaltan cuando la mente está con la guardia baja, como cuando se va el sueño y se despierta uno a las tres de la mañana, por ejemplo, son quizá los pensamientos que más se enraízan en la mente. Se vuelven pensamientos a los que uno siempre volverá en el transcurso del día, al día siguiente y, quizás, en mentes menos disciplinadas, hasta en el transcurso de la semana. Esto en sí mismo no es bueno ni malo, es natural, por decirlo de algún modo; pero del tipo de pensamiento que le asalte a uno va a depender en buena medida el estado de ánimo mental en el transcurso del día o al día siguiente o, en mentes menos disciplinadas, en el transcurso de la semana. Lo sensato sería que la mente seleccione un tipo de pensamiento tal que contribuya a su buen estado de ánimo; pero si aun con la guardia alta, en las horas más activas del día, la insensata mente yerra seleccionando pensamientos de aquel tipo, qué sensatez se le puede pedir teniendo la guardia baja, en horas antinaturales y sin tener nada productivo que hacer.

Para bien o para mal, estos pensamientos que llegan sin invitación, en los momentos más inoportunos, van a ir definiéndole a uno. Las mentes disciplinadas aprenderán a convivir con aquellos pensamientos y, quizás, hasta los reemplacen con otros que consideren productivos y edificantes. Las mentes sin disciplina, en contraste, los acunarán, los alimentarán y les darán alas para que sigan creciendo y se vuelvan pensamientos fuertes, porque, al fin y al cabo, estas mentes soñadoras, sin disciplina y, sí, también insensatas, se sienten agradecidas de ese maravilloso hecho que es ser asaltado por un pensamiento.

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fragmentos

51

Hoy encontré en Twitter este texto de Edinson Cavani. Si no fuera jugador, seguro sería escritor. Qué pedazo de escritor.

Acá un fragmento:

Cuando te pones los botines, sin importar si estás jugando en el campito de Salto, en el pasto verde de Napoli o frente a millones de personas en un Mundial… quiero recordarte las palabras de tu padre.

¿Qué te dice siempre, cada vez que vas a jugar un partido?

Yo sé que tú lo sabes.

Te dice: “En el momento en que cruzas la línea de cal y entras al campo, solamente es fútbol. Nada de lo que pasa afuera de esa raya te ayudará con lo que pasa adentro. Nada más existe.”

Si escuchas esas palabras y realmente crees en el espíritu de lo que dicen, entonces, aunque la presión sea inmensa, aunque estés jugando frente a millones de personas… saldrás a la cancha y te sentirás como si estuvieras jugando descalzo.

Sentirás el barro pegado en la planta de tus pies.

Sentirás a tu corazón latiendo y correrás buscando la pelota, como si fuera el trofeo más grande del mundo. Como si estuvieras jugando por el helado.

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fragmentos

50

—Dígame una última cosa —pidió Harry—. ¿Esto es real? ¿O está pasando solo dentro de mi cabeza?

Dumbledore lo miró sonriente, y su voz sonó alta y potente, pese a que aquella reluciente neblina descendía de nuevo y le iba ocultando el cuerpo.

—Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar eso que no es real?

AlbusDumbledore

+ J.K. Rowling, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.

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sucedió

49

Puso su pelota en una bolsa con asa y salió contento con su mochila al hombro. Iba a ser incómodo subir a la verde con otro bulto más pero no le importaría porque ahora sí lo escogerían en el partido del recreo. Sus habilidades con pelota eran fantásticas en su mente, pero un desastre en sus pies, por eso nunca lo escogían para jugar partido, ni siquiera al gol. Tenía que ver el partido desde afuera, apoyado en la reja, porque tampoco querían que toque la pelota. Pero esta vez no sería así.

Las dos horas cuarenta minutos fueron interminables. Laboral siempre había sido un suplicio para él, pero esta vez fue peor porque sentía que los minutos se multiplican por dos. Pero al final el recreo llegó: veinte minutos que hacía que valiera la pena ir al colegio.

Todos sabían que él había llevado la pelota, pero ninguno de los dos equipos lo quería en el suyo. No podían permitirse tener un jugador que no sumara, y en este caso, se trataba de un jugador que restaba: no sabía parar la bola, no sabía dar pase, no sabía marquear y siempre que corría tras la pelota, desordenadamente, no podía quitarse del rostro esa estúpida risa incontrolable. La verdad es que él intentaba parar la bola, pero el pie se lo doblaba; intentaba dar pase, pero llegaba demasiado tarde, o demasiado lejos, o demasiado tarde y lejos: intentaba marquear pero abría demasiado las piernas y terminaba con una ensalada de huachas; y la risa… no la controlaría hasta bien entrada la adolescencia. Pero él había llevado la pelota y tenía que jugar.

Paz lo escogió en su equipo. Paz siempre lo escogía; incluso un vez le dio su pelota para que practique en el pasillo, mientras afuera todos los demás jugaban partido. Del Castillo jamás lo escogía. Del Castillo jugaba muy bien y, al parecer, sentía desprecio por quien no jugara como él.

A los pocos minutos, Paz se arrepintió de haberlo escogido. Los tres goles habían venido por su lado y él solo atinaba a reírse estúpida y descontroladamente. Entonces Paz lo puso al arco, en dónde quizá pasaría menos penurias, pero fue peor, porque a ese arco se le metían hasta las tortugas.

Paz le gritó al quinto gol en contra y a él empezaron a hinchársele los ojos. Corrió hacia su pelota, la metió en bolsa con asa y de fue con paso decidido hacia el pasillo en donde se sorprendió a sí mismo llorando.

Nunca más volvería a llevar su pelota y su bolsa con asa. Nunca más volvería a ser escogido en el partido del recreo.

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ficciones

48

Sus vidas, muchos años atrás, se habían cruzado. Había un interés recíproco e inocente, aunque también inmadurez y esa terrible falta de reflexión que impide pensar en las consecuencias antes de cometer una acción. Fue esto, al fin y al cabo, lo que echó a perder todo.

Sus vidas se separaron y las vivieron por caminos distintos, cada uno haciendo su mejor esfuerzo por encontrar, como si fuera posible, la felicidad. Los cabellos encanecieron, las barrigas se hicieron más redondas, las arrugas surcaron los rostros, las responsabilidades crecieron más rápido que sus cuentas, y, así, dando tumbos, hallaban chispazos de felicidad: momentos efímeros que ayudaban a sobrellevar horas de desasosiego, días de incertidumbre, semanas de pesares, meses de paciencia, años de esperanza.

Sus vidas, muchos años después, se volvieron a cruzar. Había un interés recíproco e inocente, aunque también madurez y esa terrible virtud que hace analizar consecuencias antes de cometer una acción. Fue esto, al fin y al cabo, lo que hizo que sus vidas volvieran a sus caminos distintos.

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sucedió

47

2018-05-19 21_33_45-gonza (@gonza_bot) • Fotos y videos de Instagram
Hoy este señor habría cumplido 87 años, pero hace casi nueve decidió que ya no tenía nada que hacer por acá y se fue a molestar a la gente al otro lado del velo. Seguro debe andar por allá contando los mismos chistes de siempre —sobre arequipeños y judíos—, haciendo los mismos pasos de baile que hacían reír a todo el mundo y leyendo libros de lo que sea, pero menos de literatura.
Por este lado del velo también se le extraña. Dejó nietos que solo conocen de él lo que los demás cuentan. A veces, sus nietos preguntan con curiosidad qué cosas decía, qué cosas hacía y con qué pasos de baile se contorneaba. Pero también los más adultos comentan de él: recuerdan sus gestos, su malhumor, su jovialidad, su celo por los asuntos eclesiásticos, la solemnidad que ponía antes de soltar algún comentario trascendente, su voz profunda, gruesa y bien entonada, su vocación de tramitador, la pulcritud de sus clases en la iglesia, el grosor de su brazo, su cabello corto, su deseo de servir, sus comentarios esclarecedores, sus estudios de madrugada, su olor a antiguo, su cabello blanco, su fanfarronería, su carisma…
19 de mayo.

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sucedió

46

Era poco habitual que lloviera en esa época del año, por lo que le sorprendió sentir gotas gruesas resbalar por sus mejillas. A los pocos minutos tuvo que sacarse los lentes para poder seguir viendo el camino con normalidad. No tenía nada en contra de la lluvia, pero le puso de mal humor pensar en que los zapatos se le ensuciarían cuando terminaran de cruzar Las Musas, pues se dirigían hacia el otro lado del área, en donde la lluvia y la pista sin asfaltar dejarían los zapatos impresentables. Para el final de la noche, su mal humor no cambiaría, pero la lluvia no tendría nada que ver.

Después de tres cuartos de hora conversando sobre por qué era importante obedecer mandamientos y guardar convenios, la lluvia aún se dejaba escuchar con un incesante golpeteo cuyo sonido se hacía mayor en complicidad con el techo de calamina. Fue evidente que Demetrio Puicón no quería saber nada de mormones, así como la lluvia tampoco quería dejar de hacerse escuchar. Demetrio Puicón, de rostro surcado de arrugas, tez color cebada y mirada imperturbable, contradijo todo argumento, tachó de mentira cada enseñanza y desmereció todo esfuerzo que el joven misionero hizo por tratar de enternecer su sexagenario e insensible corazón. Hubo momentos en que este miró de soslayo a su compañero, un norteamericano con rostro de actor de película taquillera, buscando, quizá, algún aporte que ayude a mitigar la paliza verbal que estaba recibiendo; pero desistió al recordar que su español atropellado y mal hablado dejaba más dudas que certezas. Afuera, la lluvia no amainaba.

El joven misionero comprendió lo difícil que es tratar de hacer prosperar nuevas ideas en la mente de un anciano y, luego de intercambiar miradas con su compañero, se dispuso a terminar la reunión. Sin embargo, queriendo quizá tener la última palabra, Demetrio Puicón le dijo que cuando tuviera su edad se olvidaría de obedecer mandamientos y guardar convenios, que lo hacía porque era joven y no había vivido lo suficiente, que en diez años, o quizá veinte, ya no viviría los principios que predicaba. A esta sentencia le debería haber seguido un silencio absoluto, pero la lluvia no respetó el ánimo quebrantado del joven misionero y, al contrario, se escuchó más fuerte, como dando solemnidad a las palabras del anciano.

Era poco habitual que lloviera en esa época del año, pero en el camino de regreso ya no le sorprendió sentir gotas gruesas resbalar por sus mejillas. Agradeció que esas gotas se entremezclaran con sus lágrimas y, allí, cruzando nuevamente Las Musas, con los lentes empañados, los zapatos embarrados, con un compañero con quien apenas podía comunicarse, y con el ánimo quebrantado, se prometió a sí mismo que no le daría el gusto a Demetrio Puicón, que aunque no hubiera podido hacer que el mensaje del evangelio cale en el corazón del anciano, por lo menos su vida, sobre lo que sí podía tener control, sería tal que demostraría que Demetrio Puicón estaba equivocado. El cielo escampó.

Dieciséis años pasaron. Demetrio Puicón aún continuaba equivocado.

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