sucedió

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Decidió que no se movería hasta tener quinientas palabras escritas. Ya había intentado muchas veces tener una constancia más o menos regular en esto de escribir, pero como podría esperarse de alguien con su personalidad, todos sus intentos resultaron fallidos. Empezó nuevamente con la convicción de que esta vez sí sería el intento definitivo, pero él mismo se dijo para sus adentros que probablemente en dos o tres días más tiraría la toalla.  Se le vino a la mente ese refrán que dice carrera de caballo, parada de burro, que su mamá le repetía desde que tenía memoria, quizá advirtiendo ella desde una edad temprana su personalidad inconstante. Y sí, seguramente este nuevo intento sería fallido, pero él, contestándose a sí mismo, decidió que, al pincho, no le importaría decepcionarse a sí mismo una vez más. 

De niño escribió de forma más o menos constante un diario. Lo que escribía en él era principalmente acontecimientos que vivía en esa época, los cuales, como puede suponerse, ni eran muchos ni eran interesantes. Muchos años después, al volver leer esas primeras líneas de su vida, soltó una carcajada y agradeció que nadie más haya tenido que leer tanto texto soso y tan desprovisto de interés. Eran hojas de un libro de actas que su papá le había dado, pero luego transcribió todo en un cuaderno universitario arco iris. Las líneas, además de sosas, estaban pésimamente redactadas; las hojas estaban llenas de manchas de tinta de lapicero porque no eran épocas de lapiceros pilot. Los textos estaban acompañados de fotografías amarillentas, pegadas con cinta scotch de tan mala calidad que al menor roce se despegaban. Las fotografías, como haciendo juego con los textos, tenían muy mal encuadre, rostros brillosos, luces provenientes de ángulos incorrectos, personas con poses esperpénticas y así. También había dibujos que hacía para poder sumar más hojas y sentir así que estaba llevando a cabo una obra voluminosa de gran envergadura, pero, cómo no, los dibujos también dejaban mucho que desear. Bueno, al fin y al cabo, era un niño, se justificó a sí mismo. 

Ese cuaderno universitario arco iris lo acompañó hasta los dieciocho años, pero no pasó del treinta por ciento del total de las hojas. Es más, en las últimas hojas, con la misma cinta scotch de mala calidad, había tarjetas que coleccionaba del mundial Francia 98: estaban Owen, Zidane, Suker, Maldini, Djorkaeff, Bierhoff y otras viejas glorias que le hizo recordar los domingos que faltaba a la capilla para quedarse a ver el fútbol, con su subsecuente culpa, claro está. Le hizo recordar una época en que no tenía más preocupaciones que no jalar cursos para marzo. Una época en que no tenía más responsabilidad que barrer la casa todas las mañanas y lavar la ropa todos los sábados. Una época de inseguridades de adolescente que se le antojaban dramáticas y eternas, pero que se desvanecerían con su primer beso en el colegio. Una época que, a pesar de su torpeza para escribir, sus nimios recursos al alcance y su constante inconstancia, quedó perfectamente plasmada en ese cuaderno universitario arco iris. 

Entendió por qué le gustaba escribir. 

Quinientas veintiséis palabras. Fue suficiente.

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introspección

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Es más fácil referirse a uno mismo hablando en tercera persona. Uno puede ser más crítico, más despiadado, más indolente. Es como si uno se subiera a la copa de un árbol, desdoblándose de su propio ser, y desde ahí observar cuán idiota se puede llegar a ser. Cuando uno se refiere a sí mismo en primera persona también se puede llegar a ser muy crítico, muy despiadado y todo eso, pero da la impresión de que la crítica no es completamente sincera. Da la impresión de que hay sentimientos de lástima, afecto, no sé, de por medio, y se siente como que se desestima cualquier cosa que se pueda decir. 

Digo da la impresión a manera de expresión, no necesariamente porque exista alguien a quien se le tenga que dar una impresión; porque otro tema es definir para quién uno escribe. Por lo que, si uno escribe para ser leído, pensando en que existe alguien en el mundo dispuesto a perder su tiempo leyendo mamarrachos, pues escribir en tercera persona puede ser, quizá, la mejor manera de entretener al despistado lector, o por decirlo de otro modo, de hacer que crea lo que se le está diciendo. Pero si uno escribe para sus adentros, de forma íntima, con la única intención de desahogarse de toda la mierda que uno lleva adentro, pues quizás, en ese caso, escribir en primera persona sea lo más catártico. 

typewriterY aquí radica mi dilema, hablando ahora sí en primera persona. Por lo menos sí tengo claro por qué escribo, pero no es este el momento de andar explicándolo. El dilema, decía, radica, primero, en delimitar para quién escribo. ¿Quiero que mis reflexiones, palabras ociosas, intentos de hacerme el gracioso, o como quiera llamárseles, sean leídas por siquiera mi madre, o prefiero que solamente yo sea quien las lea, una y otra vez, criticándome a mí mismo, una y otra vez también, qué tan bajo se puede escribir? Segundo, aunque ligado al primer dilema, ¿escribo en primera o tercera persona? 

¿Qué es peor que tener dilemas? Es no tener tiempo para seguir pensando en ellos. Como ahora. 

* Imagen tomada de Pinterest.

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ficciones, reproches

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Tenía la debilidad de ceder al impulso de comprar cuánto cuadernos y lapiceros bonitos encontrara. Siempre le había gustado escribir, pero nunca tuvo la disciplina para avanzar más de diez páginas, o más de diez entradas continuas en el blog, o más de diez días seguidos en el diario. Pero aún así compraba cuadernos, blocs, folders, pioners, lapiceros de tinta seca y líquida y así. Se repetía a sí mismo que si además de no tener la constancia de escribir algo le sumaba el hecho de no comprar cuadernos y lapiceros ahí sí que todos sus sueños de escritor se irían al tacho. 

Y así, con ese pensamiento, hacía su cola en caja y pagaba por sus cuadernos y lapiceros. 

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desorden

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Diez minutos cada día. No más.

Son las siete y cuatro y debo escribir cualquier cosa que se me venga a la cabeza por los próximos diez minutos, o sea, hasta las siete y catorce. Es un simple ejercicio diario para cultivar el hábito de la escritura; hábito que siempre he querido tener, pero que no he hecho muchos méritos para obtenerlo.

Siete y cinco. Mente en blanco.

Debería cortarme las uñas de los dedos de la mano: no se deslizan tan rápido sobre el teclado como quisiera.

Siete y seis. Nada interesante que decir.

Las niñas están viendo La Pantera Rosa en Netflix y suena de fondo la música de introducción. Bueno, viendo es un decir, ellas están peleando mientras el tele sigue encendida.

Siete y siete. Esto está tomando forma.

Nunca me había puesto a pensar en lo sencillo que es escribir cuando no se tiene nada que escribir. Es decir, puedes escribir todo lo que pasa por tu mente sin necesidad de atar ideas, crear personajes, coordinar eventos y cosas así.

Siete y ocho. Increíble.

Ya voy varias palabras. No tengo un contador porque estoy escribiendo en Evernote, pero seguro que ya voy ciento cincuenta y pico o algo por ahí. La próxima vez escribiré en WordPress de frente.

Siete y nueve. Va faltando poco.

Salí a hacer taxi porque ya no hay plata pero solo pude hacer una carrera porque me entraron unas ganas enormes de ir al baño. Diez lucas bien ganadas. Solo fui hasta Villa El Salvador ida y vuelta.

Siete y once. Ahora sí me quedé en blanco.

Ah, Popcorn Time. Sí, puedo escribir sobre eso. Anoche me puse a ver Masters of Sex y está muy buena. El título es engañoso, y aunque hay algunas escenas sugestivas la trama es más profunda que eso. Hoy quise ver el capítulo dos, pero los subtítulos no encajaban con la reproducción, así que tuve que dejarlo hasta que encuentre un subtítulo que encaje bien, y hasta que sepa cómo empatarlo con Popcorn.

Siete y trece. Me está gustando esto.

Siete y catorce. Me espera un vaso de jugo y un pan con mantequilla y mermelada al finalizar esto.

Ah, mi mujer está con contracciones. Seguro mañana da a luz.

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plagios

13*

“Hace un tiempo se me ocurrió un método. Un método infantil, si quieren, aunque yo prefiero calificarlo como desesperado. Decidí escribir un libro infinito, un libro que no pueda terminarse de escribir jamás. Un libro compuesto por frases o ideas, nunca de más de cinco párrafos, en torno a un tema (en este caso es la aviación comercial, mi bestia negra), que no guarde coherencia entre párrafos ni tenga límites. Un libro que sea, al mismo tiempo, crónica social y diario íntimo. He ido escribiendo ese libro desde hace años, alimentándolo, sin intención de publicarlo. Aunque tampoco me niego ante la posibilidad de publicar algunos fragmentos. Da lo mismo. Se trata de no pensar. Simplemente, ejercitar el delicioso oficio de escribir sin saber a dónde se llega, sin metas, sin carrera de caballos, sin deseos de cambiar nada ni de cumplir con nadie”.


* Por Iván Thays, en La literatura como carrera de caballos.

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