ficciones

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Supo que esta vez sería la definitiva porque fue la primera vez que se lo dijo en persona y porque, además, el sol se estaba escondiendo. Las cuatro veces anteriores fueron o por teléfono o por carta. Pero así, en persona, sintió que le dolió más, sintió que fue definitivo. Es más, ni siquiera tuvo capacidad de reacción para poner peros, para insistir en que se retracte. La lógica de sus razones lo dejaron desarmado. Le fue imposible refutar. En el fondo de sus cavilaciones, él también había llegado a la misma conclusión, pero como buen cobarde que era fue incapaz de dar ese paso que ella, a la luz de los hechos nada cobarde, dio esa tarde. Él la escuchó atentamente, sin atreverse a interrumpir, pensando a mil por hora en qué palabras escoger para hacer que reconsidere su decisión y, aunque se le ocurrió por lo menos una docena de argumentos, no se atrevió a decir nada, solo se limitó a sonreír torpemente para quizá, así, ocultar la tristeza honda que le iba embargando poco a poco.  Afuera el viento, como sintiendo respeto por la situación, arrancó pétalos amarillos de las flores de un árbol y las depositó a los pies de ambos. Él sintió que la suerte estaba echada. Cuando se dio cuenta de que ella ya no diría nada más, se atrevió a balbucear algunas palabras que ni él mismo se las creyó, y luego se unió a ella en un abrazo interminable. Ella no le rechazó; al contrario, se lo correspondió profundamente y, por un momento, él pensó que le diría que olvidara todo lo que le había dicho los últimos veinte minutos. 

Como era de esperarse, no fue así. Ella estaba hecha de otra pasta. Ella era decidida, correcta. Poseía un sentido moral tal que le impedía poner sus intereses propios a costa de la infelicidad de otros. Ella tenía muchas cosas en qué pensar en ese momento de su vida, y muchas de ellas le provocaban dolores de cabeza. Él no podía ser otro motivo de dolor de cabeza. Él llegó a la misma conclusión y no le puso el camino difícil. Él se abrió de su vida con la misma desprevención con la que había entrado en ella. Él la quería tanto que ese mismo sentimiento le impedía provocarle tristezas. Antes de soltarle, le dijo que siempre podía contar con él para cualquier cosa. Fue un manotazo de ahogado, una excusa burda, un último estertor, una forma de decir oye, quiero seguir en tu vida para siempre. Sintió cómo las lágrimas de ella tocaban su hombro después de colarse por la ropa. El abrazo continuó. Él aguzó todos sus sentidos para que su memoria guarde cada detalle de ese abrazo, para no olvidar la calidez de sus pechos, la delicadeza de su cintura, el olor de cabello, la perfecta proporcionalidad de su cuerpo. Afuera el sol terminó de esconderse, como diciéndole ya suéltala, déjala ir. La soltó contra su voluntad. Ella le sonrió y el sol brilló nuevamente.

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