fragmentos

53

—Pensarás que soy tonta.

—No, mamá. No eres tonta. Pero la vida es injusta.

—¿Has visto a tu hermana?

—Hace mucho que no la veo.

—Nunca me visita.

—Ya lo sé, mamá. A mí tampoco.

—¿Trabajas?

—Sí, mamá. Me las arreglo muy bien.

—¿Dónde vives? Ni siquiera sé dónde vives.

—Vivo en tu vieja casa de Lundagatan. Llevo allí años. Me traspasaron el contrato de alquiler.

—A lo mejor este verano quizá pueda hacerte una visita.

—Claro que sí. Este verano.

Al final, la madre consiguió abrir el regalo y olió encantada el perfume.

—Gracias, Camilla —dijo la madre.

—Lisbeth. Soy Lisbeth. Camilla es mi hermana.

La madre se avergonzó. Lisbeth Salander le propuso ir a la sala del televisor.

* Fragmento de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

Cuando ya conoces a Lisbeth, pequeñas situaciones como estas te parten el corazón.

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sucedió

25

Eran las seis de la mañana. Su papá lo despertaba con la misma puntualidad con la que lo despertaban a él cuando estaba en el Leoncio Prado, hacía cincuenta años atrás. Aunque le molestaba mucho que lo levanten tan temprano, porque no estaba en ningún colegio militar como su padre, igual lo hacía, porque si no luego le caía agua fría en la cara. Y eso era ya humillante.

Le quitaba el piyama* y le jabonaba medio cuerpo, porque su mamá ya lo había bañado la noche anterior. Le metía sus dedos gordos llenos de jabón en las orejas, la lavaba los codos, el cuello y la boca. No dejaba ningún resquicio sucio. Al terminar, le esperaba su uniforme gris limpio y planchado, y los zapatos tan lustrosos que podía ver su cara recién lavada en ellos.

En la cocina su mamá le tenía un vaso gigante, de esos coleccionables de Pepsi, lleno de cuáquer con vaya usted a saber qué otros ingredientes más. El resultado era una mezcla espesa, gris y grumosa que servía para que no le diera hambre todo el día y para llenar columnas de construcción por igual. No me gusta, le decía a su mamá. Imagínate que es coca cola, le respondía sin dejar lugar a réplicas.

Y así todos los días.

Veinticinco años después, lavándole las orejas a su hija mayor, se acordó de su papá. Sonrió.


* Me llega al chómpiras escribir piyama con j.

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