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—Pensarás que soy tonta.

—No, mamá. No eres tonta. Pero la vida es injusta.

—¿Has visto a tu hermana?

—Hace mucho que no la veo.

—Nunca me visita.

—Ya lo sé, mamá. A mí tampoco.

—¿Trabajas?

—Sí, mamá. Me las arreglo muy bien.

—¿Dónde vives? Ni siquiera sé dónde vives.

—Vivo en tu vieja casa de Lundagatan. Llevo allí años. Me traspasaron el contrato de alquiler.

—A lo mejor este verano quizá pueda hacerte una visita.

—Claro que sí. Este verano.

Al final, la madre consiguió abrir el regalo y olió encantada el perfume.

—Gracias, Camilla —dijo la madre.

—Lisbeth. Soy Lisbeth. Camilla es mi hermana.

La madre se avergonzó. Lisbeth Salander le propuso ir a la sala del televisor.

* Fragmento de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

Cuando ya conoces a Lisbeth, pequeñas situaciones como estas te parten el corazón.

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—La última vez que nos vimos hablamos de esa estatua de ahí —prosiguió—. Él quiso saber por qué me fascinaba y yo le contesté que nunca había visto en ella ningún acto heroico, sino la imagen de la terrible injusticia que se cometía contra un dragón, y él me entendió muy bien y me preguntó por el fuego: «¿Qué pasa con ese fuego que escupe el dragón?». Yo le respondí que es el mismo fuego que arde dentro de todos los que son pisoteados. El mismo fuego que puede convertirnos en ceniza, pero que a veces —si algún chiflado como Holger nos ve, y juega al ajedrez y habla con nosotros; si, en general, se interesa por nosotros— puede transformarse en una cosa completamente diferente: una fuerza que hace que seamos capaces de devolver el golpe. Holger sabía que era posible levantarse incluso con una lanza clavada en el cuerpo, y por eso era tan pesado y latoso —explicó, tras lo cual volvió a quedarse callada.

Luego se dio vuelta y le hizo una reverencia al ataúd con un movimiento rígido y torpe. Dijo «gracias» y «perdón», y se percató de la mirada y la sonrisa que le dedicó Mikael Blomkvist. Era posible que ella le devolviera la sonrisa, pero resultaba difícil de saber.

+ Palabras que Lisbeth Salander dijo en el funeral de Holger Palmgren. Fragmento de El hombre que perseguía su sombra, de David Lagercrantz, quinto libro de la saga Millennium.

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